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Full text of "MORALIA 09 H - Sobre comer carne."

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PLUTARCO 


OBRAS MORALES 
Y DE COSTUMBRES 

(MORALIA) 

IX 

SOBRE LA MALEVOLENCIA DE HERÓDOTO . CUESTIONES 
SOBRE LA NATURALEZA . SOBRE LA CARA VISIBLE DE LA 
LUNA . SOBRE EL PRINCIPIO DEL FRÍO . SOBRE SI ES MÁS 
ÚTIL EL AGUA O EL FUEGO . SOBRE LA INTELIGENCIA DE 
LOS ANIMALES . «LOS ANIMALES SON RACIONALES» O 
«GRILO» . SOBRE COMER CARNE 


INTRODUCCIONES, TRADUCCIONES Y NOTAS POR 

VICENTE RAMÓN PALERM y JORGE BERGUA CAVERO 



EDITORIAL GREDOS 


BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 299 



Asesor para la sección griega: Carlos García Goal. 

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido 
revisada por Concepción Morales Otal (Sobre la malevolencia de He- 
ródoto. Sobre el principio del frió, Sobre si es más útil el agua o el fuego 
y Sobre comer carne), David Hernández de la Fuente (Cuestiones 
sobre la naturaleza y Sobre la cara visible de la ¡una) y Mario Toleda- 
no Vargas (Sobre la inteligencia de ¡os animales y Los animales son 
racionales o Grilo), 


O EDITORIAL GREDOS, S. A, 

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2002, 
www.editoriaIgredos.com 


Las traducciones, introducciones y notas han sido llevadas a cabo por: 
Vicente Ramón Palerm (Sobre la malevolencia de Heródoto , 
Cuestiones sobre la naturaleza, Sobre la cara visible de la luna , So- 
bre el principio del fi'ío, Sobre si es más útil el agua o el fuego y So- 
bre comer carne) y Jorge Bergua C a vero (Sobre la inteligencia de 
los animales y Los animales son racionales o Grilo). 


Depósito Legal: M, 14185-2002. 

ISBN 84-249-16101“$. Obra completa. 

ISBN 84-249-2322-7. Tomo IX. 

Impreso en España. Printed in Spain. 

Gráficas Cóndor, S. A. 

Esteban Terradas, 12. Polígono Industrial Leganés (Madrid), 2002. 
Encuademación Ramos. 



SOBRE COMER CARNE (I y II) 



INTRODUCCIÓN 


La tradición literaria juzga los presentes tratados (Sobre 
comer carne I y II) como integrantes de un grupo de ensa- 
yos, compuestos por Plutarco, en relación con la psicología 
de los animales 1 . En este sentido, los opúsculos aquí perti- 
nentes muestran un vínculo notable con otros como Sobre la 
inteligencia de los animales y Los animales son racionales 
(Grilo), Como podrá observarse, se trata de sendos tratadi- 
llos mutilados y detuipados, en buena medida, por la tradi- 
ción. En realidad, todo apunta a que ambos tratados dispu- 
sieron, desde el principio, de características propias y a que, 
con probabilidad, carecieron siempre de unidad morfológi- 
ca. A tal respecto, la afirmación con que comienza el tratado 
segundo resulta significativa. Dada la deficiente estructura y 
el carácter incompleto de la composición que los tratados 
presentan 2 , es razonable pensar que Plutarco (como sucede. 


1 K. Ziegler, Plutarco [“ «Plutarchos von Chaironeia», PE, XXI 1, 
1951], trad. it., Brescia, 1965, págs. 122 ss. 

2 Sobre la transmisión manuscrita de la obra (cuyo estado textual no 
duda en calificar de «assai torméntate» el mejor conocedor de la misma, 
L. Inolese: véase su «Per una nuova edizione crítica di Plutarco, De esu 
carnium», en I. Gallo [ed], Ricerche plutarchee , Nópoles, 1992, 125), 
he manejado con utilidad las publicaciones del citado estudioso italiano 



372 


INTRODUCCIÓN 


por lo demás, en otras obras; ahí está Sobre si es más útil el 
agua o el fuego) redactó unos primeros trazos con el propó- 
sito de completar, más tarde, el trabajo, labor que no pudo 
llevar a cabo. Así, las adiciones y mutilaciones posteriores 
pueden explicarse mediante la intervención de cierto com- 
pilador tardío. 

En cualquier circunstancia, contamos aquí con dos obri- 
tas que suponen un vehemente alegato en favor del vegeta- 
rianismo 3 y de la abstinencia en la ingestión de carne (as- 
pecto en el que también se centra nuestro autor en otras 
obras. Véanse, aparte las anteriormente mencionadas, Pre- 
ceptos sobre la defensa de la salud y Charlas de sobreme- 
sa). Por cuanto concierne a nuestros tratados Sobre comer 
carne , en el primero de ellos Plutarco postula, básicamente, 
que las personas de su época comían carne dándose a la gula 
en tanto que los antiguos lo hacían por pura necesidad; en la 
segunda de las diatribas (pues éste es el tenor de la compo- 
sición), Plutarco trae a colación la doctrina de la trans- 
migración de las almas (teoría que los órficos y los pitagóri- 
cos defendían) para justificar la abstinencia en el consumo 
de carne. Por añadidura, entra en polémica con los estoicos, 
para quienes los animales carecían por completo del más 
mínimo raciocinio. Plutarco, por su parte, sostiene que, al 
menos de modo natural, los animales presentan cierta suerte 
de inteligencia, factor que les aproxima a los seres humanos 

(L. Inglesa, «Note critiche a Plutarco, De esa cavnium , Quael. Urb . Cult. 
Class., N.S., 2 [1993], 105-116; «Note critiche a Plutarco, Moralia», 
RCCM 36 [1994], 217-223) cuyas espléndidas observaciones he ajustado, 
en buena medida, a la versión española. Vaya desde aquí mi agradeci- 
miento a Lionello Inglese por las valiosas aportaciones y sugerencias 
que, amigablemente, me ha facilitado sobre la obra. 

3 Para una panorámica del vegetarianismo en la antigüedad es funda- 
mental el libro de J. Haussleíthh, Der Vegetarismus in der Antike, Ber- 
lín, 1935. 



SOBRE COMER CARNE (i Y II) 


373 


y, por tanto* redunda en la necesidad de evitar el consumo 
de carne. Y es que, como ha demostrado la crítica moderna, 
los argumentos que maneja Plutarco en los tratados son de 
cariz triple 4 . Unos son de índole mística y religiosa 5 : éstos 
no son acaso los más importantes para nuestro autor 6 , pero 
es un hecho que aceptar la doctrina de la metempsícosis po- 
día inducir — como fácilmente puede comprenderse — a 
identificar la ingestión de carne animal con la práctica del 
canibalismo. Otros argumentos son de componente filosófi- 
co: estudios recientes han insistido en que, desde sus prime- 
ras composiciones, Plutarco entra en aguda polémica con 
los estoicos. En este caso, la discusión atañe particularmente 
a las tesis de Crisipo quien había negado que los seres hu- 
manos debieran observar obligaciones jurídicas y morales 
respecto de los animales, por lo que estos últimos eran ex- 
cluidos, en la práctica, de la comunidad de los seres racio- 
nales 7 . El caso es que, al decir de Becchi, las apreciaciones 
de Plutarco sobre el particular son sumamente importantes 
en la intención del queroneo — considerada capital por el 


4 D. Tsekourakis, «Orphic and Pythagorean views on vegctarianism 
ín Píutarch’s ‘Moral i a'», en F. E. Brenk, í. Gallo (eds.), Miscellanea 
Plutarchea, Atti del I Convegno de Studi su Plutarco , Quadernl del Gior- 
nale Filológico Ferrar ese, 1986, especialmente págs. 127-128. 

5 Véase el estudio de M. Jufresa, «La abstinencia de carne y el ori- 
gen de la civilización en Plutarco», en J. A. Fernández Delgado, F. 
Pordomingo (eds.), Estudios sobre Plutarco: aspectos formales (Actas 
del IV Simposio español sobre Plutarco), Madrid, 1996, págs. 219-226. 

6 Cf. D. Tsekourakis, ibid pág. 138. Asimismo, véase la contribu- 
ción del mismo autor «Pythagoreanism or Platonism in Ancient Medici- 
ne? The reasons for vegetan an i sm in Plutarch’s Moraba», Aufstieg und 
Niedergang der Rómischen Welt II 36, 1, 1987, págs. 366-393. 

7 Sobre esta cuestión sigo a F. Becciu, «Istinto e intelíigenza negli 
scritti zoopsicologici di Plutarco», en F. Bandini, G. Pericoli (eds,), 
Scritü in memoria di Dino Peraccioni, Florencia, 1993, pág. 60. 



374 


INTRODUCCIÓN 


crítico italiano — de oponerse a la doctrina estoica 8 . Asi- 
mismo, Plutarco ofrece argumentos de índole higiénica y 
estética: no debemos ingerir carne porque ello conlleva la 
contaminación de nuestro cuerpo con sustancias de animales 
muertos, mientras que el consumo de vegetales no ha de re- 
pugnar a la condición humana. Aparte estos tres grupos de 
argumentos, existen otros secundarios: así, Plutarco desa- 
prueba el consumo de carne ateniéndose a razones filantró- 
picas, de respeto y compasión por las criaturas animadas. 
Igualmente, no escasean los motivos basados en la naturale- 
za del cuerpo humano, el cual, a la vista de su anatomía, no 
está preparado para la ingestión de carne. 

Por otra parte, como puede desprenderse de la lectura de 
nuestros opúsculos, la argumentación de Plutarco se halla 
dispuesta en un tono esencialmente retórico 9 . La técnica 
compositiva, la inclusión de los tópicos al uso y la confor- 
mación estructural de las cláusulas orientan a esa dirección 
y, como en otros ensayos en donde el artificio retórico es 
manifiesto, tales extremos han instado a considerar los tra- 
tados de factura juvenil l0 . 

Debe indicarse, finalmente, que estos opúsculos partici- 
pan del inventario de obras que no aparecen citadas en el 
llamado Catálogo de Lamprias. Sin embargo, la crítica sub- 
raya que tal contingencia no afecta a la — hoy juzgada prác- 


8 F. Bbcchi, ibid, 

9 Cf, L. Sen za sono, «L'amplifícazione nel De esu carniutn», en L. 
van der Stockt (ed.), Rhetorical Theoiy and Praxis in P lutarc h , Acta 
of the ¡Y h International Con gres s of the International Plutarch Society, 
Lovaina, 2000, págs. 477-491; V. Ramón Pat.erm, «Misticismo, filosofía 
y retórica en De esu carniutn » t en A, Pérez Jiménez, F. Casadesús 
(eds.), Estudios sobre Plutarco : misticismo y religiones mistéricas en Ja 
obra de Plutarco (Actas del VII Simposio español sobre Plutarco), Ma- 
drid-Málaga, 2001, págs. 211-219. 

10 Cf. K. Ziegler, op, cit. , págs. 124-125. 



SOBRE COMER CARNE (i Y II) 


375 


ticamente indiscutible — autoría genuina de la obra 11 . Para 
la traducción he utilizado la edición de W. C. Helmbold, 
Plutarch's «Moralia», XII, Loeb Classical Library, Lon- 
dres-Cambridge (Mass.), 1968 (reimpr. = 1957) l2 . 


NOTAS AL TEXTO 


Helmbold Texto Adoptado 


993B 

tcoX cov 

eíSdbX cov (codd.) 


Tpotpáq 

xpocpqv (cod. aliqu.) 

993E 

SuaÓiacjxaxouvTi 

ÓUCTxaxofivxi (codd.) 


rcecpupjiévoq 

7C£<pU7tpéva (codd.) 

994C-D 

á7io5ett;ecDV 

árcodei^iáaEcov (Ingle- 
se con i.) 

995 B 

éaOtógevov 

éafióuevov (codd. aliqu.) 

995B 

napouaa xj/ü^q ánoX- 

7tapo0aav yuxqv 


aúeiv... 

áraXaúvav... (codd.) 

995C 

TipoacauévTcúv 

Kpeoaarávxcov (codd.) 

997C 

£V TlCTl 

év xeiaí (codd.) 

998C 

6.XX' éáv rcq... 

6.XX' éav pq (codd.) 


11 Vid, el comentario de W. C. Helmbold sobre el particular, que 
consta en Plutarch ’s Moralia XII, Loeb Classical Library, Londres- 
Cambridge (Mass.), 1968 (rempr. = 1957), pág. 539. 

12 Con nuestro trabajo prácticamente finalizado, ha aparecido el vo- 
lumen de L. Inglese y G. S antese, Plutarco . II cibavsi di carne, CPM, 
D’Auria Editore, Nápoles, 1999. Con todo, en las Notas al texto he 
adoptado ciertas lecturas que, como se observará, remito a la autoridad de 
L. Inglese quien figura como responsable de la edición crítica aquí men- 
cionada. Por lo demás, la contribución ecdótica de Inglese es proclive a 
defender el texto legado en la tradición manuscrita, dado el conocimiento 
de la lengua plutarquea que poseemos en la actualidad. Cf. la excelente 
Premessa al testo que facilita el autor (págs. 93-127), con abundante bi- 
bliografía de interés sobre el tema. 



376 


INTRODUCCIÓN 


998C 


998F 


999A 


Helmbold 
tó áKÓXaaxov too... 

á7ie0ia0£pev 

auyyívea0ai; 

iaoq... ó kív&jvoc; ekei 

av áneiBco (payeiV 
K7réa^ n Kav amam.. 

Oúk íaoq 5’ £tí Kai 
oóToq... 


Texto Adoptado 

tó áKÓXaaxov tó,., 
(codd.) 

¿eiaOcanev... (codd.) 

om. signum interrogado- 
nis ceteri 

Ibera;... ó KÍvSüvog é'xsi 
(codd.) 

áv ánei0<o <|af|) (ad. 
Herwerden) (payeiv 
Kpéaq, av ámorco... 
(codd. ceterum) 

Oúk l'aoc; 60 tu; Kai 
ofrroc;... (codd. ) Vide 
quae ad locum adno- 
tavit Inglese 



SOBRE COMER CARNE (I) 


1. ¿De verdad preguntas, tú, por qué razón se abstuvo 
Pitágoras 1 de comer carne? En lo que a mí respecta, quisiera 
saber - — perplejo como estoy — con qué actitud, con qué 
suerte de disposición anímica o mental, la primera persona 
probó sangre con su boca, rozó con sus labios carne de ani- 
mal muerto y — preparando mesas de cuerpos e imágenes 
inertes — denominó «alimento» y «nutrición» a miembros 
que, poco antes, podían rechinar, aullar, moverse y ver. 
¿Cómo podía la vista de esta persona recrearse en la matan- 
za de animales que eran degollados, desollados, despedaza- 


1 Se trata del famoso intelectual Pitágoras, hijo de Mnesarco de Sa- 
nios, quien emigró a Crotona hacía el 531 a. C, tal vez por oposición po- 
lítica a la tiranía de Poli era tes. Como testimonia un fragmento de Jenó- 
fanes (frg. 7 D), la tradición literaria confirma su creencia en la 
metempsícosis. Por cuanto afecta a la abstinencia en el consumo de car- 
ne, parece que la medida fue instituida por sus discípulos quienes conti- 
nuaron y desarrollaron las enseñanzas del maestro. Un estudio funda- 
mental sobre la doctrina pitagórica sigue siendo el de W. Buerkert, 
Lore and Science in Ancient Pythagoreanism, Harvard, 1972 (trad. ingle- 
sa del original alemán de Nuremberg, 1962). El lector hispano dispone de 
una buena síntesis, con escogida bibliografía, a cargo de M. García Thi- 
iniRO, en J. A. López Férez (ed.), Historia de la Literatura Griega , Ma- 
drid, 1988, pág. 247. 


993A 

B 



378 


MORALIA 


dos? ¿Cómo soportaba su olfato el hedor? ¿Cómo no repug- 
naba la contaminación a su gusto, el cual se hallaba en con- 
tacto con las llagas de otros seres y recibía flujos y sangre 
de heridas mortales? 2 . 

c Las pieles se arrastraban y mugía sobre los asadores 

carne cruda y asada, y habla como una voz de vaco 3 

Se trata, obviamente, de una invención y un mito pero, 
en realidad, es una cena espantosa: a saber, que una perso- 
na tenga apetito de seres que todavía mugen y, mientras, 
nos ilustre sobre los animales de que debemos alimentar- 
nos cuando aún viven y emiten sonidos; y que, además, 
disponga varios modos de aderezo, asado y presentación. 
Considerando cuanto antecede, deberíamos prestar aten- 
ción a la primera persona que inició el proceso 4 , no a 
quien, posteriormente, se detuvo. 

2 La dramatización, de fuerte tono retórico, está ligada frecuente- 
mente al estilo de Plutarco (sobre el cual puede atenderse a la aportación 
de J. A. Fernández Delgado, «El estilo de Plutarco en la historia de la 
prosa griega», EClás 102 [1992], 31-63). En esta ocasión, podemos ob- 
servar cómo el autor presenta, casi ante oculos del lector, la práctica de 
comer carne con inclusión de ios cinco sentidos propios del ser humano 
(la cita homérica posterior, como ejemplo de índole retórica, corona la 
argumentación con el sentido del oído). Todo ello — aparte el paralelismo 
con Platón, Leyes 959 A-B — justifica la lectura eidotón («imágenes») 
transmitida en los manuscritos. 

3 Se recoge el pasaje de Homero, Od . XII 395-396, en donde los dio- 
ses, atendiendo a la petición del Sol (cuyas vacas habían sido devoradas 
por los compañeros de Odiseo), mandan esos prodigios como admonicio- 
nes de las penalidades que Odiseo y los suyos habrían aún de soportar. 

4 Al margen de que, como consta en la edición de W. C. Helmbold 
(cf. ad loe.), el pasaje pueda hacer alusión a un determinado personaje, es 
probable que nos hallemos ante un artificio retórico de obligado concurso 
en e! género epidíctico (es decir, de elogio o vituperio sobre un sujeto o 
una acción), técnica a la que Plutarco es circunstancialmente proclive en 



SOBRE COMER CARNE (i) 


379 


2. Podría decirse que, para quienes por vez primera de- 
cidieron comer carne, el motivo era la absoluta necesidad y. 
más aún, la penuria 5 . En efecto, ellos no ejercían esa prácti- d 
ca cuando transcurría su vida entre deseos ilícitos o cuando 
—disponiendo en abundancia de materias necesarias — se 
daban a placeres antinaturales, fuera de lugar. Mas, de reco- 
brar en este mismo instante sensibilidad y voz, dirían posi- 
blemente: «dichosos y amados de los dioses quienes hoy vivís; 
¡qué época os ha correspondido! Disfrutáis y administráis 
un solar rico en bienes. ¡Cuánta vegetación tenéis, cuántas 
cosechas, cuánta riqueza obtenéis de los campos, cuánta de- 
licia de los árboles! Es más, tenéis la posibilidad de vivir en 
el lujo sin mancillaros con sangre, Y es que a nosotros nos 
tocó una parte de la historia del tiempo sumamente dura y 
terrible, cuando caímos en una miseria importante, irresisti- 

tratados de acusada formal ización retórica. En efecto, la amplificación 
(aúxésis) es un elemento fundamental en el género epidíctico desde sus 
primeros inicios, con Gorgias y Aristóteles. Pues bien, la preceptiva retó- 
rica indica que uno de los tópicos capitales, en este sentido, insta a recor- 
dar la primera persona que realizó un hecho (pro tos), contingencia en la 
que aquí se detiene Plutarco. 

5 Este extremo constituye uno de los principios básicos de la argu- 
mentación de Plutarco en el primer tratado. En realidad, las observacio- 
nes siguientes de nuestro autor pueden tener ciertas reminiscencias órfí- 
cas (que no son las únicas en estos opúsculos, como veremos más 
adelante): el orfismo es una corriente religiosa que, originada en época 
arcaica, tiene en la antropogonía su mayor contribución a la historia del 
pensamiento religioso (sobre tal antropogonía, vid. infra, 996C). El caso 
es que, según parece desprenderse del pasaje presente, la primera genera- 
ción de hombres asiste a 3a pérdida de una unidad beatifica, anterior, en 
la que no se consumía carne. Así, ellos se veían, por pura necesidad, en la 
obligación penosa de comer carne antes de que, con el tiempo, se pudiera 
restablecer el orden primero. Este aspecto parece apuntar a trazos de ca- 
racterísticas órficas: véanse las sugestivas indicaciones de J. P. Vernant, 
Mito y religión en ¡a Grecia antigua, trad. esp., Barcelona, 1991, págs. 

73 ss. 



380 


MORALIA 


e ble» debido a la primera generación 6 . Aire y astros mezcla- 
dos con agua turbia e inestable, con fuego y tornados tam- 
bién, cubrían el cielo. Y no se había establecido un sol toda- 
vía el cual, dotado de curso firme y estable, dividiera el 
amanecer y el anochecer, y que, después, de nuevo los traje- 
ra, coronándolos de estaciones fructíferas, de guirnaldas de 
flores. Y la tierra quedó asolada porque los ríos perdieron su 
cauce; y prácticamente todo quedó «informe a causa del lo- 
do» y se vio devastado por barrancos cenagosos, bosques y 
selvas yermos. No existía recolección de frutos ni herra- 
mientas ni técnicas basadas en la experiencia 7 . Entonces el 
hambre no cesaba ni la semilla de grano aguardaba la esta- 
ción propicia. ¿Por qué extrañarse si, de modo antinatural, 
f nos servimos de carne de animales cuando se comía fango, 
se roía corteza de árbol y se era afortunado con hallar grama 
que germinaba o una raíz de junco? Si, tras probar una be- 
llota, la comíamos, bailábamos de alegría en derredor de 
994 a una encina o una haya, y la llamábamos «donante de vida», 
«madre», «nutricia». Esta era la única fiesta que conocía la 
vida de entonces: el resto era, absolutamente todo, un sinfín 
de angustia y tristeza. Ahora bien, a quienes vivís en la ac- 
tualidad, ¿qué arrebato o qué locura os impulsa a mancilla- 


6 La indicación de Plutarco parece remitir a E¡vii>ÉDoci.ns (frs. B 2 y 3 
DK), filósofo y taumaturgo a quien se relaciona, precisamente, con el or- 
físmo merced a su creencia en la transmigración de las almas y a su con- 
dición de vegetariano como asee sis para liberar, purificar el alma y al- 
canzar la experiencia mística (cf., infra, 996 B-C). 

7 La observación de Plutarco pretende sugerir una antinomia radical 
entre la comunidad salvaje, carente del dominio conjunto de una serie de 
técnicas, y la civilizada r aquella que sí dispondría de la pericia necesaria 
para el manejo simultáneo de las técnicas básicas. Naturalmente, Plutarco 
pretende insinuar una identificación entre salvajismo y consumo de car- 
ne, por un lado, y entre civilización y vegetarianismo, por otro. Cf. B. 
Farrington, Ciencia griega, trad. esp., Barcelona, 1979, pág. 19. 



SOBRE COMER CARNE (i) 


381 


ros con sangre, cuando tenéis cubiertas vuestras necesida- 
des? ¿Por qué hacéis escarnio de la tierra, como si no pudie- 
ra alimentaros? ¿Por qué sois impíos con Deméter, portado- 
ra de leyes, y deshonráis al afable y dulce Dioniso, como si 
no obtuvieseis de ellos lo suficiente 8 ? ¿No os avergonzáis 
de mezclar nuestros frutos con sangre y muerte? Y eso que 
llamáis «salvajes» a las serpientes, a los leopardos y a los leo- o 
nes, pero no sois inferiores a ellos en crueldad cuando ma- 
táis: de hecho, para ellos la muerte es alimento; para voso- 
tros, «guarnición»». 

3, Está claro que — a menos que debamos defender- 
nos^ no comemos leones y lobos; al contrario, nos olvida- 
mos de ellos, Sin embargo, apresamos y matamos animales 
mansos y domésticos, carentes de aguijones y dientes para 
dañamos, seres a los que — por Zeus que sí — parece haber 
creado la naturaleza merced a su belleza y encanto... 

[Es como si una persona, a la vista de que el Nilo se 
desborda e inunda la región con su limo fértil y fructífero, 
no se soiprendiese — a tenor de lo que aporta — de que pro- 
porciona fecundidad y riqueza en frutos extraordinariamente 
dulces y útiles para la vida sino que, observando en cual- 
quier lugar a un cocodrilo que está nadando, una culebra 
que lleva la corriente o un' montón de animales salvajes, 
objetase que estas criaturas provocan nuestra condena y la c 
necesidad imperiosa de operar así. O como si — por Zeus — , 
al ver esta tierra y estos cultivos llenos de frutos dulces y 
cargados de espigas de trigo, pero detectar en algún rincón, 
entre esta mies, un poco de cizaña o yero, obviara recolectar 


8 Como es lógico, las figuras de Deméter y Dioniso son divinidades 
introducidas de modo metafórico y simbolizan, respectivamente, la tierra 
cultivada (más propiamente el grano) y la vid. 



382 


MORALIA 


y cosechar los primeros para lamentarse de los últimos. Esto 
es parecido a quien asiste al discurso de un orador en cierta 
causa judicial: el discurso es rico en elocuencia y en defensa 
d de alguien sumido en peligros; o tal vez — sí, por Zeus — es 
de condena y acusación de actos temerarios y mezquinos. Y 
el discurso fluye y progresa no de un modo simple, ram- 
plón; al contrario, se atiene a numerosos registros (o más 
bien a todo género) de actitudes emocionales; se ajusta igual- 
mente a los ánimos — variados, diferentes — de los oyentes 
y de los jueces, ánimos que se deben persuadir y modificar 
o — por Zeus que sí — suavizar, mitigar, aplacar. Pues bien, 
la persona en cuestión renuncia a examinar este aspecto del 
problema y a evaluar el tema capital para seleccionar expre- 
siones erradas que la intervención, en su curso, ha introdu- 
cido debido al ímpetu de la acción, (deslices casuales que se 
han incorporado al discurso). Y, a la vista de cualquier de- 
magogo 


4. El caso es que nada nos perturba: ni el aspecto de la 
e carne fresca, ni el carácter persuasivo de la voz melodiosa, 
ni la pureza en los hábitos de vida, ni la peculiaridad de la 


9 Según todos los indicios y las observaciones de los críticos (cf. la 
edición de W. C. Helmbold, ad. loe.), el fragmento que consta entre cor- 
chetes pertenece genuinamente a Plutarco pero, con probabilidad, a otra 
obra. En cualquier caso, y dado que el pasaje se halla incompleto, desco- 
nocemos el objetivo último de las comparaciones que establece Plutarco. 
Con todo, no es de extrañar que el fragmento se filtrara, en su momento, 
a la obrita presente, ya que en el contenido del mismo subyace la crítica a 
quienes optan por hechos haladles en peijuicio de los verdaderamente 
importantes, circunstancia esta que se corresponde con la práctica de los 
seres humanos que consumen carne (lo considerado frívolo) frente a las 
personas que se abstienen de comer carne animal (actitud juzgada aquí de 
nobleza). 



SOBRE COMER CARNE (i) 


383 


inteligencia de estas pobres criaturas 10 . Sin embargo, por 
una pequeña porción de carne, les privamos del sol, de la 
luz, del curso de su vida, cosas que, por esencia y naturale- 
za, merecen. De este modo, los gritos que emiten y elevan 
nos parecen inarticulados y no plegarias, súplicas, justas del 
que dice: «no censuro que obres por necesidad, sino por 
desmesura; sacrifícame para comer pero no me captures pa- 
ra un bocado delicioso». ¡Qué crueldad! Es terrible la visión 
de una mesa, ya preparada, de hombres ricos que se sirven f 
de carniceros y cocineros como vigilantes de animales muer- 
tos. Pero hay algo más terrible: la mesa una vez recogida; 
hay más restos que alimentos ingeridos. En suma, los ani- 
males mueren en vano. Más aún, hay otras personas que se 
abstienen de comer platos cocinados e impiden que los ani- 
males sean fileteados y troceados. Rechazan la carne de los 
animales mueitos pero no evitan la suerte de los vivos. 


10 Plutarco incide ahora en uno de los argumentos de mayor enjundia, 
a saber, en la existencia de cierto tipo de inteligencia para los animales. 
En realidad, el queroneo anticipa una cuestión que debía de ser troncal en 
el segundo tratado y que, dado el carácter incompleto de éste, no tenemos 
perfectamente desarrollada: la polémica contra los estoicos quienes nega- 
ban la existencia de inteligencia en los animales. Como bien indican F. 
Becchi («Istmio e intelligenza negli scritti zoopsicologici di Plutarco», 
en F. Bandín:, G, Pericoli [edd.], Scritti in memoria di Dino Peraccio - 
ni, Florencia, 1993, págs. 67 ss.) y A. Barigazzi («Implicanze moral i 
nelía polémica plutarchea sulla psicología deglí anima 1Í)>, en L Gallo 
[edj, Plutarco e le Scienze, Atti del IV convegno plutarcheo, Génova, 
1992, especialmente págs. 298-303), el tema de la racionalidad de los 
animales está desarrollado con arreglo al principio de la physis y de la oi- 
keíósis : es decir que en los animales existe un indicio de racionalidad en 
la medida en que siguen aquello que les es propio y rehuyen lo que les es 
ajeno por naturaleza. Al decir de Becchi (ibut, págs. 78-83), esta doctri- 
na tiene su origen en el pensamiento aristotél ico-peripatético y es utiliza- 
da por Plutarco con intenciones deliberadas de polémica antiestoica. 



384 


MORALIA 


5. En efecto, en nuestra opinión es absurda la afirmación 
de tales hombres en el sentido de que el principio de la 
práctica se halla en la naturaleza. Efectivamente, que el acto 
de comer carne no es connatural al ser humano viene de- 
mostrado, en principio, por la morfología de su cuerpo Y 
es que el cuerpo del ser humano no se parece al de las cria- 
turas de condición carnívora: carece de hocico corvo, de ga- 
99sa rras agudas, de poderosas fauces, de estómago resistente, de 
jugos internos capaces de digerir y elaborar alimentos pesa- 
dos, y carne. Así es que, por estas razones — la sencillez de 
los dientes, la pequeñez de la boca, la delicadeza de la len- 
gua, la escasa capacidad de nuestros jugos para la diges- 
tión — , la naturaleza desaprueba comer carne. Y si, a título 
personal, dices que has nacido para esta forma de alimenta- 
ción, antes de nada sacrifica tú solo al animal que te quieras 
comer; pero por ti mismo, sin servirte de un cuchillo, un 
palo o un hacha. Así es, del mismo modo que los lobos, 
b osos y leones matan a los animales que se comen, apresa un 
buey a mordiscos, o desgarra con la boca a un cerdo, un 
cordero o una liebre. Y, tras saltar sobre ellos, comételos to- 
davía vivos como hacen los animales antedichos. Ahora 
bien, si aguardas a que el objeto de tu comida sea cadáver y 
te resulta indecoroso arrojar de la carne el alma ahí presente, 
¿por qué comes, de modo antinatural, lo que está vivo? Con 

11 En consonancia con el parágrafo anterior, la argumentación de 
Plutarco adopta (seguramente con intenciones retóricas) posiciones ten- 
denciosas y aun extremas: en efecto, si los animales están dotados de ra- 
cionalidad e inteligencia merced a su seguimiento de cuanto les es natu- 
ral, la demostración de que el consumo de carne es antinatural para el ser 
humano revelaría, a la postre, una cierta inferioridad psicológica, e inclu- 
so moral, de las personas que comen carne respecto de los animales. To- 
das las comparaciones posteriores (que se avienen perfectamente a la teoría 
retórica de la parabolé, esto es, de la inclusión de símiles para corroborar 
un hecho) ahondan en el tono retórico del pasaje. 



SOBRE COMER CARNE (i) 


385 


todo, nadie osaría comer un animal sin vida tal y como, ca- 
dáver, se encuentra. Al contrario, lo cuecen, lo asan, cam- 
bian su aspecto con fuego y hierbas; alteran, modifican y 
matizan con numerosas especias la pieza a fin de que el pa- 
ladar, bien engatusado, acepte lo que le resulta extraño. 

A fe que era gracioso lo de aquel espartano, el cual, na- 
da más comprar un pescadito en una tienda, lo dio al leude- c 
ro para que se lo preparara. El tendero le pidió queso, vina- 
gre y aceite, a lo que repuso el espartano: «si hubiera tenido 
estos ingredientes no habría comprado pescado » 12 . En cuan- 
to a nosotros, nos recreamos tanto en el sacrificio que lla- 
mamos «guarnición» a la carne; y luego precisamos de 
guarnición para la propia carne, así que mezclamos aceite, 
miel, salsa de pescado, vinagre con especias sirias y arábi- 
gas como si, en realidad, estuviéramos embalsamando un 
cadáver para su sepelio. Efectivamente, aun triturada, suavi- 
zada y en cierto modo disuelta la carne, es laborioso el pro- 
ceso de la digestión; más aún, incluso hecha la digestión, la 
carne provoca pesadez aguda e indigestiones malsanas. 

6. Diógenes tuvo el arrojo de comer un pulpo crudo para 
eliminar la práctica de cocinar la carne l3 . Y, ante la presen- d 

12 En Dichos de espartanos 234E-F, la anécdota alude a carne, no a 
pescado. 

B La anécdota aparece también citada en Sobre si es más útil el agua 
o el fuego 956B. Se trata del conocido Diógenes de S inope, quien se eri- 
gió en el siglo rv a. C. como el máximo exponente de la filosofía cínica. 

La práctica de ingerir carne cruda debe inscribirse en su intención provo- 
cativa de subrayar la inconsistencia de ciertas costumbres consideradas, 
por lo común, civilizadas (la reacción contracu I tura I es esencial en la 
doctrina cínica; cf, J. L. Calvo, en J.A, López Fkrez [ed.], Historia de 
la Literatura Griega .... págs. 885-886). Para un acercamiento a la filoso- 
fía cínica, véase el libro de C, García Gual, La secta del perro , Dióge- 
nes Laercio: Vidas de ¡os filósofos cínicos, Madrid, 1987. 



386 


MORALIA 


cia de numerosas personas a su alrededor, cubierto con su 
vieja capa, acerca la carne a su boca y dice: «por vuestro 
bien me arriesgo y expongo al peligro». Bonito peligro, por 
Zeus. Desde luego, no se arriesga como Pelópidas por la li- 
bertad de los tebanos, o como Harmodio y Aristogitón por 
la de los atenienses 14 : el filósofo se expone al peligro en 
combate contra un pulpo crudo para que nuestra vida se 
aproxime a la de los animales salvajes. 

Sucede que la ingestión de carne es antinatural no sólo pa- 
e ra el cueipo sino que también toma grasiento el espíritu debi- 
do a la saciedad y al hartazgo: «el vino y el abuso de carne 
conforman un cueipo fuerte y robusto, pero un espíritu débil». 
Y, para no granjearme las iras de los atletas, me atengo a 
ejemplos de mis conciudadanos: así, los atenienses nos tilda- 
ban a los beocios de ‘gruesos’, ‘insensibles’ y ‘necios’ debi- 
do, en buena medida, a nuestra voracidad: «estos individuos 
son cerdos...»; y Menandro: «quienes tienen mandíbulas» í5 ; y 
Píndaro: «a saber después...» 16 . Como dice Heráclito, «un es- 
píritu enjuto es el más sabio» 17 . Los vasos vacíos, cuando se 
percuten, hacen mido; si se llenan, no suenan con los golpes. 
f Las láminas de bronce propagan los ruidos en círculo hasta 
que alguien, tocándolas con la mano, interrumpe y anula el 
proceso de la vibración. Un ojo lleno de exceso de humedad 
pierde agudeza visual para las funciones que le son propias. 

14 La equiparación, en la inserción de los ejemplos, de tebanos y ate- 
nienses se aviene al uso frecuente de ejemplos relativos a personajes beo- 
cios (por razones de índole retórica o patriotera, incluso no excluyentes 
entre sí) en la obra de Plutarco. Cf., por ejemplo, Sobre ¡a malevolencia 
de Heródoto o el principio del Sobre si es más útil el agua o el fuego . 

15 Kock, Corrí Att. Frag . III, 328. 

16 OI, VI 89. Acto seguido, Píndaro indica en sus versos 89-90 «si con 
veraces razones conseguimos libramos deí oprobio de ‘cerdo de Beoda’» 
(trad. de J. Alsina, Píndaro . Epinicios , Barcelona, 1988, pág. 135). 

17 Fr. B 1 18 DK. 



SOBRE COMER CARNE (i) 


387 


Si miramos al sol a través de una atmósfera húmeda y de una 
masa de vapores densos, no lo vemos diáfano ni brillante sino 
opaco, cubierto, con los rayos tenues. Del mismo modo, en 
fin, es absolutamente imperioso que —a causa de un cuerpo 
entorpecido, pesado y lleno de alimentos incompatibles- — la 
luz y el fulgor del espíritu se tomen débiles y confusos, 
errantes e inconstantes, y que éste carezca de la brillantez y la 
intensidad precisas para ahondar en los fines — sutiles, difíci- 
les de examinar — de las cosas. 

7. Al margen de lo indicado, ¿no parece que el hábito de la 
filantropía es cosa extraordinaria? En efecto, ¿quién podría 
agraviar a un ser humano si se comporta de manera indulgente 996 a 
y filantrópica con criaturas de otra especie? Hace un par de días 
recordé, mientras me hallaba en una discusión, aquella cita de 
Jenócrates 18 según el cual los atenienses condenaron a cierta 
persona que había desollado vivo a un camero. En mi opinión, b 
no es peor quien tortura a un ser vivo que quien arrebata su vida 
y lo mata. Al parecer, somos más sensibles a los actos contra las 
costumbres que a los actos contra la naturaleza. En esa ocasión 
me expresaba de un modo francamente coloquial. Dudo ahora 
(del mismo modo que duda el capitán de una embarcación en 
desplazarse con mal tiempo, o como duda el poeta en levantar 
la máquina cuando la función teatral se está desarrollando) en 
dirigir mi intervención — si se me permite — al principio que 
configura mi convicción: un principio de importancia, misterio- 
so e inverosímil — como afirma Platón 19 — incluso para perso- 
nas versadas y estudiosas del fenómeno de la muerte. Tal vez 
no sea mala cosa citar, como prólogo, las palabras de Empédo- 
cles... Aquí se refiere, alegóricamente, a las almas porque — de- 


18 Fr. 99 Heinze. 

19 Pedro 245C. 



388 


MORALIA 


bido a los sacrificios, a la ingestión de carne y al comer otras 
c especies animales— quedan, a modo de condena, aprisionadas 
en los cuerpos 20 . En realidad, este principio parece notable- 
mente antiguo: los relatos sobre las penalidades de Dioniso — a 
causa de su desmembramiento — , sobre los atropellos contra él 
de los Titanes — quienes, tras haber degustado su sangre, fue- 
ron sancionados y fijlminados — , son un mito relativo, de ma- 
nera simbólica, a la palingenesia: en efecto, lo que en nosotros 
es irracional, caótico y violento, lo que no proviene de la divi- 
nidad sino de espíritus malignos, los antiguos lo denominaban 
«Titanes» 21 , esto es, «quienes reciben una sanción y cumplen 
condena»*** 22 . 


20 He aquí un anticipo de la doctrina de ía metempsícosis en la que, 
más adelante, se detendrá Plutarco. 

21 Como ha puesto de manifiesto la crítica, el mito —que aparece li- 
gado a la teoría de la metempsícosis— presenta características manifies- 
tamente órficas (vid, J. P. Vernant, Mito y religión..., págs. 74-75 y, so- 
bre todo, A. Bernabé, «Plutarco e Torfismo», en L Gallo [edj, 
Plutarco e ¡a religione, Atti del VI Con vega o plutarcheo , Nápoles, J996, 
particularmente págs. 75-76). En efecto, a partir de aquí Plutarco da ma- 
yor peso a los argumentos místico -religiosos. En esta ocasión el quero - 
neo, sin citar la procedencia órfica del mito, trae a colación la antropogo- 
nía que simboliza cierta versión según la cual Díoniso habría sido 
devorado por los Titanes quienes, a su vez, habrían sido castigados por 
Zeus. De este modo, el ser humano habría nacido de los restos de los Ti- 
tanes, por lo que estaría dotado de una parte buena (la que representa 
Dioniso) y de una mala (la propia de los Titanes). Cito, por su importan- 
cia, las palabras de Vernant (ibid.> pág. 75); «surgida de las cenizas de 
los Titanes fulminados, la raza de los hombres arrastra la herencia de la 
culpabilidad por haber desmembrado el cuerpo del dios. Mas, purificán- 
dose de esa falta ancestral por los ritos y el género de vida órficos, abste- 
niéndose de toda carne para evitar la impureza del sacrificio sangriento,,., 
cada hombre... puede retornar también a la unidad perdida, reunir al dios 
y encontrar en el más allá una vida propia de la edad de oro». 

22 Llegado este punto, el primer tratado Sobre comer carne se inte- 
rrumpe. 



SOBRE COMER CARNE (II) 


1. La razón insta a reemprender con ideas e ímpetu re- 99ód 
novados nuestras recientes charlas sobre la práctica de co- 
mer carne 23 . La verdad es que resulta difícil, como afirmaba 
Catón, hablar a estómagos, los cuales carecen de orejas. Y 
la bebida de la familiaridad se ha agotado, como la de Cir- 
ce 24 

mezclando sufrimientos y dolores , engaños y llantos. e 

Además, no es fácil arrancar el gancho de la práctica de 
comer carne, gancho que está fijado y anclado en el deleite 
de los placeres. Pues sería bonito que, al igual que los egip- 
cios extraen las visceras de los cadáveres 25 y, mostrándolas 


23 Esta indicación parece confirmar ia distinción genuína de ambos 
tratados Sobre comer carne desde la primera fase de su composición. 

24 Homero, Od , X 226. 

25 Cf. Heródoto, II 86, quien, con todo lujo de detalles, indica; 
«primero, con un gancho de hierro, extraen el cerebro por las fosas nasa- 
les... Luego, con una afilada piedra de Etiopía sacan, mediante una inci- 
sión longitudinal practicada en el costado, todo el intestino, que limpian y 
enjugan con vino de palma, y que vuelven a enjugar, posteriormente, con 
sustancias aromáticas molidas» (trad. de C. Schrader, Heródoto , Histo- 
ria, I-II, Madrid, 1977 [hay reimpresión de 1984]). 



390 


MORA LIA 


a la luz del sol, se deshacen de ellas con el pretexto de que 
son causa de cuantos errores comete el ser humano, atajá- 
ramos, así, nuestra gula y sed de sangre con el objeto de pu- 
rificar nuestra vida. Porque, de hecho, nuestro estómago no 
tiene sed de sangre sino que resulta contaminado por la in- 
moderación. No obstante, si por la fuerza de la costumbre 
resulta imposible — sí, por Zeus — renunciar al error, obre- 
f mos de modo razonable consternados por nuestro error. 
Comamos carne por apetito, no por glotonería: sacrificare- 
mos a un ser vivo pero con lástima y dolor, sin recreamos 
en la tortura. Práctica esta última en la que incurren, por 
997A cierto, quienes introducen en la garganta de los cerdos ve- 
nablos al rojo vivo a fin de que la sangre, con la inserción 
del hierro, forme una emulsión, se extienda y haga la carne 
más tierna y suave; o también quienes saltan encima y pisan 
las ubres de las cerdas, cercanas al parto, con el propósito de 
mezclar sangre, leche e impurezas de los fetos (que en ese 
mismo instante mueren entre dolores agudos, ¡por Zeus pu- 
rifícador!), y comer la parte más jugosa del animal; o tam- 
bién esos otros que cosen los ojos de las grullas y de los cis- 
nes y, tras cerrarlos, los engordan en secreto y elaboran la 
carne de manera apetecible merced a ciertas salsas y a con- 
dimentos exóticos 26 . 

2. Por cuanto antecede, resulta de todo punto evidente 
b que una práctica ilegítima se ha convertido en placer; y no 
por alimento, necesidad apremiante o imperativo sino por 
gula, intemperancia y capricho. Y, del mismo modo que, en 
las mujeres carentes de freno para el placer — que exploran 


26 La descripción de Plutarco cobra unos tintes verdaderamente dra- 
máticos, Sobre algunos aspectos técnicos de los detalles que refiere el 
queroneo, cf. Plinto, Hist fíat. X 60, XI 210-21 1. 



SOBRE COMER CARNE (il) 


391 


toda suerte de prácticas y se dan a experiencias disolutas — , 
la pasión amorosa las arrastra a actitudes nefandas, así la 
intemperancia en la comida, que sobrepasa el límite de lo 
natural y necesario, convierte el apetito en crueldad e inclu- 
so en delito. En efecto, los sentidos enferman todos y son 
tentados a vivir de manera disoluta cuando no se rigen por 
las leyes de mesura que impone la naturaleza 27 . De este 
modo, un oído, cuando enferma, desvirtúa la música; y ese 
sentido, enervado y suprimido, muestra deseos de caricias 
vergonzantes y excitaciones afeminadas. Tales hechos han c 
instruido a la vista para disfrutar no con danzas de guerra, 
representaciones mímicas, danzas deliciosas, esculturas o 
pinturas, sino para considerar la sangre, los asesinatos, las 
heridas, las batallas como espectáculo supremo. De esta 
manera, a banquetes desmedidos siguen relaciones desorde- 
nadas; a placeres indecorosos, audiciones carentes de armo- 
nía; a cantos y sones impúdicos, representaciones de barba- 
rie; a espectáculos salvajes, insensibilidad y crueldad hacia 
los seres humanos. Debido a esta cuestión, el divino Licur- 
go adoptaba la resolución, en las tres reirás, de que las 
puertas y tejados de las casas frieran construidos con sierra y 
hacha 28 , y de que no se utilizara otro instrumento; y, desde d 


77 El relato de Plutarco, con nuevos ejemplos de factura notablemente 
retórica, persevera en la idea ya avanzada en el primer opúsculo, ésta es 
que el consumo de carne resulta antinatural para los seres humanos. Y, si 
bien aquí las posiciones de Plutarco no resultan tan extremas, los efectos 
dramáticos son de mayor agudeza. 

n Cf. Plutarco, Licurgo 13. Acepto la lectura de ios manuscritos 
tais tvisi porque se ajusta a cuanto conocemos sobre la figura, en verdad 
opaca, de Licurgo: se trata de un mítico legislador espartano (considerado 
divino por los espartiatas), el cual, si hemos de aceptar su realidad histó- 
rica, debió de vivir hacía el siglo vm a. C. Se le atribuyen, por transmi- 
sión oral, dos leyes no escritas o retras: la primera de ellas, la menor, se 
subdivide en otras tres más breves entre las cuales se encuentra la citada 



392 


MORALIA 


luego, ello no lo hizo por aversión a los taladros, azuelas y 
cuantos instrumentos existen para trabajar fino, sino en la 
idea de que, con construcciones de las características seña- 
ladas, se renunciaría a introducir y llevar a una casa de mo- 
desta condición una litera dorada, una mesa de plata, alfom- 
bras de púrpura o piedras preciosas. Pues bien, casa, lecho, 
mesa y copa de tal índole dan paso a una cena modesta y a 
un almuerzo sencillo. Sin embargo, al principio de un hábito 
mezquino le sigue todo lujo y ostentación 

como un potrillo destetado corre al lado de la yegua 19 , 

3* Veamos: ¿cómo no considerar ostentosa una cena en 
la que muere un ser animado? ¿Consideramos que una vida 
e tiene escaso valor? No voy a apresurarme a decir, como 
Empédocles 30 , que es la vida de tu madre, de tu padre, de 
cierto amigo o de un hijo. Con todo, es cierto que tiene sen- 
sibilidad, vista, oído, imaginación, inteligencia, cualidades 
que todo ser ha recibido de la naturaleza para adquirir lo 
propio y rehuir lo ajeno. Juzga cuáles son los filósofos que 
nos enseñan mejor: quienes nos instan a comer a nuestros 
amigos, padres y mujeres a su muerte, o quienes — como 
Pitágoras y Empédocles — nos disciplinan para ser ecuáni- 


en nuestro pasaje (de ahí la aceptación de la lección que los códices 
muestran). 

29 Semónides, fr. 5. 

30 Fr. B 137 DK. Pese a que Plutarco manifiesta no seguir estricta- 
mente la doctrina de Empédocles, lo cierto es que las indicaciones poste- 
riores son proclives a defender la teoría de la metempsícosis, de índole 
órfico-pitagórica, por más que D. Tsekouuakis («Orphic and Pythago- 
rean views on vegetarían i sin in Plutarch’s Mora lia», en F. E. Brenk, L 
Gallo [eds.], Misceüanea Plutarchea, Aiti del I Convegno de Studi su 
Plutarco , Quaderni del Giomale Filológico Fevrarese, 1986, págs. 127- 
138), considere secundarios los argumentos místico-religiosos. 



SOBRE COMER CARNE (il) 


393 


mes en nuestra relación con otras especies. Tú te burlas de 
quien no come cordero. Mas ¿no habremos de reír nosotros 
— dirán los célebres filósofos — cuando vemos que troceas a 
tu padre o tu madre, una vez muertos, mandas porciones a 
los amigos que están ausentes e invitas a los que tienes cer- 
ca ofreciéndoles carne en abundancia? Sin embargo, acaso 
estamos ahora en un error al tocar estos libros suyos sin la- 
vamos las manos, los ojos, los pies y los oídos (a menos 
que, por Zeus, no sea una purificación discutir sobre ellos, 
como dice Platón 31 , «limpiando las orejas de sal con un dis- 
curso dulce»). En el caso de que cualquier persona desee 
cotejar sus libros y preceptos, los primeros enseñan filosofía 
a los escitas, sogdianos y melanclenos — pueblos de los que 
Heródoto menciona noticias, en su investigación histórica, 
sin el menor crédito 32 . Por otra parte, los axiomas de Pitágo- 
ras y Empédocles eran, para los griegos antiguos, leyes, jy 


31 Fedro 243 D. 

32 Efectivamente, Heródoto cita a estos pueblos (sobre los escitas, 
cf. IV 59 ss.; sobre los sogdianos o sogdos, III 93; sobre (os melanclenos, 
IV 20). Sin embargo, Plutarco confunde, al menos, a los melanclenos con 
los isedones, de quienes en IV 26 dice Heródoto: «cuando a un hombre 
se le muere su padre, todos sus deudos llevan reses en calidad de presen- 
tes y, tras inmolarlas y descuartizar sus carnes, descuartizan también el 
cadáver del padre del anfitrión; luego mezclan toda la carne y se sirven 
un banquete» (trad. de C. Schrader, Heródoto..., III-IV, 1979). Por lo 
demás, ante el carácter mutilado de estos pasajes, se ha pensado que la 
opinión negativa sobre la obra de Heródoto que consta debe tratarse de 
una interpolación. Así puede ser, ya que la tradición antiherodotea resulta 
notable en la Antigüedad. Sin embargo, tal manifestación no es incompa- 
tible — máxime en un tratado de características fuertemente retóricas co- 
mo el presente— con las opiniones circunstanciales de Plutarco sobre el 
halicamaseo (cf, por ejemplo, Sobre ¡a malevolencia de Heródoto). 


998 A 



394 


MORALIA 


las dietas a base de cerealf *** [Porque no hay vínculos de 
justicia entre nosotros y los animales irracionales] 33 . 

4. En consecuencia, ¿quiénes fueron los que, a conti- 
nuación, respetaron la citada práctica? 

Quienes, por vez primera, forjaron la espada asesina y 
compañera de camino, comieron, por vez primera, los bue- 
yes que labran la tierra 34 . 

De idéntico modo, precisamente, los tiranos comienzan 
b sus delitos de sangre. Por ejemplo, en Atenas, decretaban la 
muerte del sicofanta 35 más despreciable a la primera oca- 
sión; e igualmente a la segunda y a la tercera. Y, acostum- 
brados a este modo de operar, permitían la condena a 
muerte de Nicérato, hijo de Nicias, del estratego Teráme- 
nes 36 y del filósofo Polemarco 37 . De la misma manera fue 
sacrificado, primeramente, un animal salvaje y depredador; 
luego, fue un pájaro o un pez el descuartizado. Y, una vez 
que nuestra inclinación criminal se ejercitó en la degusta- 
ción de la sangre de los mencionados animales, se dirigió al 
buey que ara la tierra, al manso cordero y, finalmente, al 
c gallo custodio de la casa. Y así, paulatinamente, cediendo a 


33 AI final de este parágrafo nos encontramos con una laguna y, por 
añadidura, con una interpolación que parece derivar de 999A-B. 

34 Arato, Fenómenos 131 ss. 

35 Ténnino que responde a la figura del delator público en Atenas. 
Vid. The Oxford Classical Dictionaiy, Oxford, 1970 2 , Í026. 

36 Sobre el apresamiento de Nicérato y la muerte del político modera- 
do Terámenes a manos de los oligarcas extremistas de Critias, cf., res- 
pectivamente, Jenofonte, Helénicas II 3, 39 y 56. 

37 Cf. su aparición como importante personaje de la República de 
Platón (libro I). Cf. asimismo el discurso de Lisias Contra Evatós tenes 
25 (el orador era hermano de Polemarco, el cual sufrió la persecución y 
condena del régimen de los Treinta). 



SOBRE COMER CARNE (il) 


395 


nuestra sed insaciable, hemos llegado a crímenes, guerras y 
asesinatos, Con todo, incluso si no puede demostrarse que 
las almas se valen de cuerpos de toda índole en la palinge- 
nesia, que un ser hoy racional sea más tarde irracional y 
que, al contrario, el ser hoy salvaje se tome doméstico (y 
que, en fin, la naturaleza cambia y traslada todo 

revistiéndolo de una impropia túnica de carne 38 ), 

eso no quita que quienes siguen la práctica disoluta de co- 
mer carne inflijan al cuerpo enfermedades y pesadez, y co- 
rrompan el alma que es inducida a una práctica de impudor 
execrable (acostumbrados como estamos a no a invitar a un 
huésped, celebrar un matrimonio o departir con los amigos 
sin consumir carne y sangre) 

5, En todo caso, si no existe una demostración fidedigna 
de la antedicha transmigración de las almas a los cuerpos, o 
persisten, cuando menos, dudas que instan a un respeto y 
prudencia notables 39 . Un ejemplo: si alguien, durante un 
combate nocturno, mientras apunta su espada hacia un sol- 
dado que ha caído y tiene el cueipo cubierto por su arma- 
mento, oyese a alguien decir que creía o le parecía —aun- 
que sin certeza absoluta — que se trataba de su hijo, su 
hermano, su padre o su camarada, ¿qué sería mejor: aceptar 
una sospecha incierta, y tomar al enemigo por amigo, o des- 
preciar una opinión improbable de confirmar y matar al 
amigo como enemigo? Todos afirmaréis que esto último es e 

38 Empédocles, ir, B 126 DK, 

39 Aunque los argumentos de índole religiosa persisten, Plutarco pa- 
rece defender a partir de aquí la posibilidad de que una persona pueda 
abstenerse del consumo de carne sin que, necesariamente, deba aceptar la 
doctrina de la metempsícosis. Sobre esta cuestión, cf, D. Tsekourakis, 
«Orphic and Pythagorean views...», págs. 137-138, 



396 


MORALIA 


terrible. Sí, analiza en la tragedia la actitud de Mérope 
cuando blande su hacha para matar a su propio hijo y dice 40 : 

Este golpe que te inflijo es el más costoso , 

cosa que conmueve en el teatro, unido ello al miedo de que 
ella se adelante al anciano que se dirige a detenerla y de que 
hiera al muchacho, Y si otro anciano estuviera presente di- 
ciéndole «golpéalo, es tu enemigo», mientras que el anterior 
le aconsejaba «no lo golpees, se trata de tu hijo», ¿cuál sería 
el acto más grave: obviar el castigo de un enemigo por mor 
del hijo, o incurrir en un infanticidio por inquina hacia el 
enemigo? Cuando no hay odio ni animadversión ni vengan- 
za alguna ni miedo por nuestra integridad que puedan indu- 
f cimos al asesinato, sino que, por un pequeño gusto, queda 
tendida una víctima con la cerviz vencida y, a la sazón, dice 
un filósofo: «mátalo, no es más que un animal irracional», 
pero otro replica «reprímete. ¿Y si se tratara del alma de un 
pariente o de un amigo que ha migrado a este cuerpo?», 
entonces, dioses, a fe que el peligro es prácticamente igual 
en ambos casos: de no comer carne, si no hago caso al pri- 
mero, o de matar a un hijo o cualquier otro familiar, si no 
doy crédito al segundo. 

999A 6 . Con todo, la mencionada argumentación no es igual a 

la de los estoicos en su apología del consumo de carne 41 


40 Cf. A. Nauck, Tragicorum Graecorum Fragmenta , 2. a ed., Leip- 
zig, 1889 (fr. 456). La tragedia era Cresofonte y, según consta a partir de 
Aristóteles (Poética XIV 19), el episodio acaba felizmente dado que 
Mérope reconoce a su hijo antes de asestar el golpe fatal. 

41 A continuación, Plutarco arremete contra la doctrina estoica (acti- 
tud que nuestro autor ya había anticipado en el primer opúsculo: cf. su - 
pra, 994 E). Consta aquí una serie de téminos técnicos propios de la filo- 
sofía estoica (cf. W. C. Helmbold, en su edición, ad. loe Para más 



SOBRE COMER CARNE (u) 


397 


¿Qué es eso de una «gran tensión» entre el vientre y la coci- 
na? ¿Por qué, si consideran el placer como cosa afeminada 
y le imputan no ser ni un bien ni un «principio de progreso» 
ni un «principio natural», se hallan familiarizados con esta 
suerte de placeres? Por cierto que serían coherentes si, ya 
que desprecian el perfume y los pasteles de los simposios, 
con mayor motivo rechazaran la sangre y la carne. Pero 
ahora, como si estuvieran pensando en los libros de cuentas 
cotidianas, ahorran en productos inútiles y superfluos para 
la cena y, por contra, no repudian aquello que es inhumano 
y sanguinario en el lujo. «Por supuesto», dicen, «no hay 
vínculos de justicia entre nosotros y los animales irraciona- 
les». «Ni entre nosotros y el perfume», «ni entre nosotros y b 
las especias exóticas», podría decir cualquier persona. Así 
es que absteneos de estas prácticas si despreciáis lo que no 
es útil ni de modo alguno necesario en el placer. 

7. Pero, a continuación, analicemos lo siguiente, a saber, 
el hecho de que no haya vínculos de justicia entre nosotros 
y los animales; y no de una manera retórica o sofística sino 
atendiendo a nuestras propias emociones y dialogando, co- 
mo hacen las personas, e investigando *** 42 


detalles sobre terminología estoica de importancia sobre el particular, cf. 
F. Becchi , «istinto e intelligenza...», págs. 80-82. 

42 Desgraciadamente, la tradición no ha legado la parte inmediata- 
mente siguiente del texto, Con probabilidad, Plutarco habría desarrollado 
su polémica antiestoica que acababa de iniciar. Ello parece abonar la tesis 
de F. Becchi, «Istinto e intelligenza...», para quien el objetivo funda- 
mental de Plutarco, en la redacción de Sobre comer carne ; era objetar a la 
doctrina estoica y a la permisividad de ésta en el consumo de carne. 



ÍNDICES 



ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS* 


Abas, 868C. 

Acrisio, 857E. 

Aerotinio, 871 A. 

Adimanto, 867C, 870B-C, 870F. 
África, 95 1F. 

Afrodita, 871B, 927A, 983F, 
990C; APh 36. 

Agamenón, 990D. 

Agelao, 859D. 

Agesianacte, 920D, 921 B. 

Agrá, 862A. 

Aimnesto, 873D. 

Alceo, 858B. 

Alemán, 857F, 918 A, 940A. 
Alcmeónidas, 858C, 862C-F, 
863A-B. 

Alejandría, 972D. 

Alejandro (el Epicúreo), 854E. 


Alejandro (el tirano de Feras), 
856A. 

Alejandro (Magno), 856B, 970D, 
F. 

Alexibia, 871 A, 

Abates, 859F. 

Alóadas, 935F. 

Ámasis, 859C, 866C. 
Amazonas, 872A. 

Ambracia, 859D. 

Aminocles, 864C, 87 1C. 
Amistad, 927A. 

Anaxágoras, 91 ID, 929B, 932B. 
Anaxandro, 867A. 

Anaxímenes, 947F, 948 A. 
Anfítrite, 984 E. 

Ánito, 862B. 

Anquises, APh 36. 


* Las Cuestiones sobre la naturaleza (Aetia Physica) 34-41 no siguen 
la numeración convencional, por lo que la remisión al pasaje donde apa- 
rece el nombre propio buscado se hace, en este caso, mediante la abre- 
viatura APh y el número de cuestión . 



402 


MORA LIA 


Anténor, 860C. 

Anteópolis, 976B. 

Antitira* 98 IB. 

Antíoco, 972C, 975B. 

Antípatro, 962E, APh 38. 
Apaturias, 859A. 

Apolo, 95 OF; 966 A, 983A, 983E, 
988A; — Delfinio, 984A; — 
Ptoo, 990E. 

Apolónides, 920F, 92 IB, 925 A, 
933F, 935D-E, 936D. 
Apolonío (discípulo de Herófi- 
lo), 912E. 

Aqueronte, 948F, 

Aquiles, 938B, 990E. 

Arato, 912D, 967F. 

Ares, 873B, 

Aretusa, 976A. 

Argino, 990D, 

Argos, 857E, 863C, 983F. 
Arión, 984D. 

Aristarco (de Samos), 923A, 
925C, 932B. 

Aristarco (filólogo), 938D, 977 A. 
Aristeo, 871 A. 

Arístides, 872F, 

Aristófanes de Beocia, 864D, 
867A. 

Aristófanes de Bizancio, 972D, 
Axistógenes, 859D. 

Aristogitón, 860E, 995 D. 
Aristomedes, 859D. 
Aristómenes, 856F. 

Aristón, 95 8D, 965C. 
Aristóteles, 91 1E, 912A, 914F, 
917C, 920F, 948 A, 949B, 


950B, 956C, 965D, 973A, 
978D, 981B, F. 

Aristóteles (peripatético), 920F, 
928E, 929A, 932C, APh 40. 

Aristotimo, 960A, 965C, E, 
979A. 

Aristóxeno, 856D. 

Arquelao, 954F. 

Arquias, 860C. 

Arquíloco, 857F, 93 1E, 950F, 
977A, 985A. 

Artafemes, 86 1C. 

Artajeijes, 863C. 

Ártemis, 859F, 922A, 938F, 
945C, 966A; — Agrótera, 
862B; — Aristobuía, 869D; 
— Cazadora, 965C; — Dicti- 
na (o «de las Redes»), 965C, 
984A; — Proseoa, 867F. 

Artemisia, 869F, 870A, 873F, 

Artemisio, 867B-E, 870F, S73E. 

Asclepio, 969E, 

Aspasia, 856A. 

Atagino, 864F. 

Atameo, 859B, 

Atenas, 859D, 860D-F, 861 A, 
862A-C, E, 87QA, 871D, 
959D, 969E, 998A. 

Atenea, 922A, 938B; — Poliu- 
co, 859B, 

Ática, 862E. 

Atlas, 923B. 

Atropo, 945C, 

Áulide, 859D. 

Autobulo, 959C, 960B, 961F, 
965B, D. 



ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS 


403 


Autólico, 992E. 

Áyax, 856F, 870E. 

Bión, 965A-B. 

Bizancio, 979A, 985A. 

Briareo, 94 IB. 

Britania, 941 A. 

Bucéfalo, 970D. 

Buna, 981B. 

Busiris, 857A. 

Cadmea, 872A. 

Calías (hijo de Fenipo), 863A- 
B. 

Calvo, 969C. 

Campos Elíseos, 944C. 

Caos, 953A, 955E. 

Cáparo, 969E. 
canos, 988B, 989D. 

Carnea, 873E. 

Carón de Lámpsaco, 859B, 
861C. 

Cartago, 942C. 

Casandra, S56F. 

Catón, 856B, 996D. 
cefalenios, 986E. 

Céfiro, ÁPh 34. 

Centauros, 991 A. 

Cerámico, 970A. 

Cérano, 984F-985C. 

César (Julio), 85 6B. 

César (Trajano), 949E. 

Cícico, 972A, 979A. 

Ciclopes, 986F-987A. 

Cidias, 93 1E. 

Ciíadas, 953D. 


Cilicia, 967B. 

Cipris, 871B (véase Afrodita). 
Cipsélidas, 859D. 

Cípselo, 861 A. 

Circe, 985C-987A, 988F, 996D. 
Ciro, 858D, 859A-B. 

Cirra, 984A43, 

Cléadas (de Platea), 873A-B. 
Cleantes, 967E. 

Clearco, 920F, 921A-B, E. 
Cleómenes, 860D, 96 IB. 

Cleón, 855B-C. 

Clístenes, 860C. 

Cloto, 945C. 

Colina, La, 866A-E. 

Columnas de Heracles, 944C. 
Copaide, 990E. 

Corcira, 860C. 

Core, 917F, 942D-E, 984B. 
Coribantes, 944E. 

Corinto, 859D, 861 A, 870E, 
872D-E. 

Crates, 938D. 

Craso, 976A. 

Creso, 857F, 858D-F, 859C. 
Creta, 944E, 974D, 989E. 
Cretines, 864C. 

Crisípo, 952C-D, 980A. 

Griteo, 985B. 

Cromión, 969F, 987F. 

Crono, 941C-F, 942 A-C, 944D, 
945D. 

Ctesias de Cnido, 974E. 

Dáctilos Ideos, 944E. 

Dánae, 857E. 



404 


MORALIA 


Dánao, 857C. 

Danubio» 949E. 

Datis, 869B. 

Delfos, 871C, 873C, 945B, 
953D, 988A. 

Délos, 983A,¿/>A38. 
Demarato, 864F. 

Deméter, 857C, 942D, 943B, 
994 A. 

Demócrito (filósofo), 91 ID, 
929C, 948C, 974A, 
Demócrito (trierarca), 869A- 
C. 

Demócrito, 974A. 

Deucalión, 968F. 

Deyoces, 858F. 

Diilo, 862B. 

Diodoro (trierarca), 870F. 
Diógenes, 956B, 995C. 

Dionisio (de Calcis), 860C. 
Dionisio de Delfos, 965C. 
Dionisio (de Siracusa), 855C. 
Dionisio (enviado de Ptolomeo 
Soter), 984A. 

Dioniso (divinidad), 857C-D, 
914D, 994A, 996C. 

Dioniso (ingeniero), 914B. 
Dolón, 989D. 

Domicio, 976A. 

Eácides, 965C. 

Éfeso, 861 B, 870A. 

Éfíra, 872D. 

Éforo» 855F, 869A. 

Egio, 972F. 

Egipán, 99 1 A. 


egipcios, 974C, E-F, 991E. 
Egipto, 857B-C, 939D, 976B, 
989A. 

Eleusís, 983F. 

Empédocles, 912C, 9Í6D, 917A, 
C, E, 919D, 920D, 922C, 
925B, 926E, 927A, F, 929C, 
E, 934D, 948C-D, 949F, 952- 
B, 953E, 964D, 996B, 997B, 
998A, APh 39. 

Enalo, 984E. 

Endimión, 945B. 

Ensenada de Hécate, 944C. 
Épafo, 857E. 

Epicuro, 92 1 E, 964C. 
Epiménides, 940C. 

Eratóstenes, 98 ID. 

Eretria, 860F, 862C-D. 

Érebo, 953A. 

Eros, 927A. 

Escitia, 95 1F. 

Esfinge, 988 A, 991 A. 

Esminteo, 984E. 

Esopo, 87 ID. 

Esparta, 858D, 870D. 

Esquilo, 923B, 950E, 964F. 
Esquines (tirano de Sición), 
859D. 

Estesícoro, 857F, 93 lE f 985B. 
Estilbonte, 925 A. 

Estigia, 954D. 

Estoa, 960B. 

Estratón, 948C-D, 961 A. 

Eta, 988A. 

Etna, 926C. 

Etolia, 972E. 



INDICE DE NOMBRES PROPIOS 


405 


Eubea, 860F. 

Eubíoto, 965B. 

Euribíades, 867C. 

Eurípides, 959B-C, 965E, 975B. 

Palero, 862E. 

Fámaces, 92 1F, 922F, 923C-E, 
933F, 934B-C, 940A. 
Favorino, 945F, 949F, 955C. 
Febo, 873C. 

Fédimo, 960A, 965C, 975C. 
Fedra, 959B. 

Felo, 976C. 

Fenicia, 857F, 860E. 

Fenonte, 94 ID. 

Ferécides, 938B. 

Fie io, 988A. 

Fidias, 856A. 

Fiíino, 976B. 

Filípides, 862A. 

Filipo (de Macedonia), 855A, 
856B. 

Filisto, 855C. 

Filopemén, 857A. 

Filóstrato de Eubea, 965C, 
Fócide, 859D. 

Fósforo, 925A, 927C. 

Frigia, 944E. 
frigios, 989D. 

Frinón, 858A. 

Ganíctor de Naupacto, 969E. 
Gedrosía, 939D. 

Gigantes, 926E. 

Glauca, 972F. 

Glauco, 872D. 


Grecia, 856E, 862A, 863D, F, 
864A-B, F, 865D, 866F, 867B- 
C, E-F, 868E, 869D, 870C, E- 
F, 872A, 873A-B, 874C, 
957B. 

Grilo, 986B-992E. 

Guerras Médicas, 870D, 873A. 

Hades, 940F, 942C-F, 943C-D, 
944F, 94 8 F, 953A. 

Hagnón, 968D. 

Halas, 914D. 

Halicamaso, 868A. 

Harmodio, 995D. 

Hécate, 986A. 

Hefesto, 922B, 950E, 958D. 

Heíántco, 869 A. 

Helena, 857B. 

Hera, 983F, APh 38; — (tem- 
plo de), 872C. 

Heracleón de Mégara, 965C, 
975C. 

Heracles, 857D-F, 863E, 865F, 
94 1C, 944F, 967C, 990E. 

Heraclidas, 872A. 

Heráclito, 912A, 943E, 951 A, 
964D, 995E. 

Hermes: — Ctonio, 943B; — 
Uranio , 943B. 

Heródoto, 854E, 855A, 856E, 
857 A, 858B, E, 859D, 860C, 
86 1E, 862A-B, 863B, E, 864D, 
866A-B, 867A-D, 868F, 
869A-B, F, 870 A, F, 87 IB, 
872E-F, 873A-B, E, 874A, 
998A. 



406 


MOR ALIA 


Herófilo, 912E. 

Hesíodo, S57F, 927A, 94GC, 
948F, 955E, 964B, 969E, 
984D, 

Hestia, 954F. 

Hestiea, 867E. 

Hipérbolo, 855C. 

Hiparco (astrónomo), 92 ID. 

Hipias, 860F, 862F. 

Hipociides, 867B. 

Hipónico, 863A-B. 

Hircania, 97 0C. 

Homero, 857F, 913D, 917D, 
923B, 93 1F, 934B, F, 940F- 
941 A, 942F, 944F, 947D, 
950E, 952A, 965C, 970B, 
978B, 981D; APh 34. 

Homero de Corinto, 992D, 

Ida, APh 36. 

Ilitía, 945 C. 

ínaco, 856E. 

ío, 856E, 857E. 

Ión, 929A, 97 1F. 

Iságoras, 860D-E. 

Isis, 939D. 

Istmo, 869D, 870E, 871D-F. 

ítaca, 987A. 

Ixiones, 937F. 

Jasón, 871B. 

Jenócrates, 943F, 996A. 

Jeges, 864A, 865A, 866B, D, 
F, 867A, D, 869F-870A, 
873F. 

Juba, 972B, 977E. 


lacedemonios, 988B. 

Laconia, 863F. 

Lácrales, 868F. 

Lamprías, 937D, 940F, 945D. 
Láquesis, 945C. 

Latamías, 866F. 

Lemnos, 935F. 

Leónidas, 864E, 865A-F, 866A- 
B, D, 867A-B, 959B. 
Leontíadas, 867A, 

Leotíquidas, 859D. 

Leptis, 983 P. 

Lesbos, 984E. 

Leto (deidad), 870F, 982F. 

Leto (estudioso), 91 1F, 913E. 
Leuctro, 856F. 

Libia, 857B, 939D, 967A, 
libios, 974E. 

Licia, 976C. 

Licurgo, 997C. 

Lígdamis, 859D. 

Lisanias (de Malos), 86 1C. 
Lisímaco, 970C. 

Lucio, 92 IF, 923 A, F, 928E-F, 
929F, 930A, 93 ID, 932D, 
933F. 

Magnesia, 864C. 

Malea, 984A. 

Mar Caspio, 941C, 944C. 

Mar Panfilio, 86 IB. 

Mar Rojo, 944C. 

Maratón, 86 1E, 862B, 872 A. 
Marcelo, 974A. 

Mardonio, 871 E-F. 

Medea, 87 IB. 



ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS 


407 


Megábatas, 869B. 

Megacles, 85 8C. 

Megástenes, 938C, 940C. 
Melampo, 857C. 

Mélite, 869D. 

Menandro, 995E. 

Mendes, 989A, 

Menelao (esposo de Helena), 
857B, 

Menelao (matemático), 930A. 
meonios, 988B. 

Meótide, 941B. 

Mérope, 99 8E. 

Metrodoro, 928B. 

Mileto, 859D, 861C-D. 
Mimnermo, 93 1E, 

Minotauro, 991 A. 

Mira, 976C. 

Mírsilo de Lesbos, 984E, 
Mitilene, 859B. 

Mnamía, 864E. 

Mnesífilo, 869D-F. 

Mnesíteo, 91 8 A. 

Moiras, 945C. 

Nausínica, 871 A. 

Naxos, 859D, 869B, 985A. 
Ñemeo, 984D. 

Nicandro de Colofón, 867A. 
Nicandro (hijo de Eutidamo), 
965C. 

Nicérato, 998B. 

Nicias, 855B. 

Nicturo, 94 ID. 

Nilo, 982C, 994B. 


Océano índico, 91 1E. 

Odiseo (sobrenombre de Temís- 
tocles), 869F. 

Ogigia, 941A-B, 

Olimpia, 873E. 

Opiato, 965C-D. 

Otríades, 858D. 

Pactias, 859A-B. 

Panfília, 98 ID. 

Pangeo, 914A. 

Pantaleón, 858E-F. 

Parménides, 927A, 929B. 

Parnaso, 868C, 953D. 

Paros, 985A. 

Pausanias (general lacedemonio), 
855F, 872A-C, F, 873C. 

Pelópidas, 995D. 

Peloponeso, 869D, 870A, 87 1E, 
937F, 961 B, 984B. 

Penélope, 989A-B. 

Pentílidas, 984E. 

Periandro, 859F, 860B, 861 A, 
932B. 

Pericles, 856A, 970A. 

Perséfone, 942D, 943B; — An- 
tíctona, 944C. 

Perseo, 857E. 

Persuasión, 854F. 

Pigres, 873F. 

Píndaro, 857F, 867C, 916B, 
923C, 931E, 949A, 955D, 
975D-E, 978E, 984B, 995E, 
ÁPh 36. 

Pirro (particular), 970C. 



408 


MORAUA 


Pirro (rey de Epiro), 969C-D, 
975B, 

Pisandro, 857F. 

Pisístrato, 858C, 859D, 863B. 
Pitaceo, 85 8B. 

Pitaco, 858A-B. 

Pitágoras, 964E, 993A, 997E, 
998A. 

Pitia, 860D. 

Pitón, 945B. 

Platea, 864A, 867B, 868F, 87 1E- 
872A, D, F, 873F-874A. 
Platón, 854E, 91 ID, 913C, 926F, 
930C, 937E, 938E, 943F, 
948C, 958E, 962B, 964D, 
965F, 996B, 998A. 

Plutón, 91 7F, 984B. 

Polemarco, 998B. 

Polícrates, 859C, 860B. 
Polífemo, 992D, 

Ponto Euxino, 95 1F, 981C-D. 
Poro, 970C. 

Posidón, 950F, 982E, 983F, 
985A. 

Posidonio, 929D, 932C, 95 1F, 
Priamo, 989D. 

Pritaneo, 858F. 

Prometeo, 95 6B, 964F. 

Proteo, 857B. 

Quíleo, 871F-872A. 

Quíos, 859B. 

Reco, AP 36. 

Régulo, 857A. 

Río, 984D. 


Roma, 963C, 968C, 968E, 973B- 
E. 

Salamina, 869D, 870B, D-E, 
87 ID, 873 A, F. 

Samos, 859F, 860C. 

Sardes, 861A-C-D. 

Selene, 918A, 940A. 

Serapis, 984A. 

Sibila, 870A. 

Sicilia, 913A. 

Sicinto, 985A, 

Sición, 859D, 988A. 

Siene, 939C. 

Siete Sabios, 857F. 

Sigeo, 858A, 861A, 

Sila (erudito), 920B, 929E-F, 
937C, 940F, 942D, F, 945D. 
Símaco, 859D. 

Simónides, 869C, 871B, 872D. 
Sinope, 984A. 

Siria, 968D. 

Sirio, 974F. 

Sísifo, 992E. 

Soclaro, 959D, 960C, 962A, 
964D, 965D. 

Socles, 861A. 

Sócrates, 856D, 935A, 962B, 
975B. 

Sófanes, 873D. 

Sófocles, 854F, 923F, 959E, 
985C. 

Solón, 857F, 858A, 965D. 
Sóteles, 984A. 

Sotis, 974F. 

Sunio, 862C-E. 



ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS 


409 


Sura, 976C. 

Susa, 863D, 870A, 974E. 

Tales, 857F, 971B-C. 

Tántalos (pl.), 937E. 

Tártaro, 940F, 948F. 

Tasos, 859D. 

Tauro, 967B. 

Tebas, 865F, 939C. 

Tebe, 856A. 

Tegea, 87 1F, 872 A. 

Telémaco, 985B. 

Temis, 860D. 

Temístocles, 855F, 867C, 869C- 
F, 871C-D. 

Tempe, 864E. 

Ténaro, 954D< 

Teócríto, APh 36. 

Teoffasto, 914A, 915B, 916B, 
952A, 953C, 978E. 

Teognis, 916C, 978E. 

Teón, 923F, 929E, 932D, 937- 
D, 9380-F. 

Teopompo, 855A. 

Terámenes, 998B. 

Termopilas, 864B, E, 866C, E, 
867 A-B, D, 872D, 873E. 
Tesalia, 859D. 

Teseo, 987F. 

Tetis, 871 B. 

Teumeso, 988A. 

Tidida (Aquiles), 965C. 

Tifón, 945B. 

Timoteo, 856B. 

Tinieblas, 953A. 


Tírea, 858D, 863F. 

Tirteo, 959B. 

Tisandro, 860E, 

Titanes, 926E, 996C. 

Titio, 945B. 

Tito (Quinto Flaminio), 855A. 

Toiomeo, 976B. 

Tolomeo Filopátor, 972C. 

Toiomeo Soter, 984A. 

Toro, 94 1C. 

Tracia, 914A, 95 1F. 

tracios, 968F. 

Treinta (Tiranos), 959D, 

Trofoniades, 944E. 

Trogodítide, 939D. 

Troya (Guerra de), 856E. 

Tucídides, 855C, F, 870D. 

Turios, 868A. 

Udora, 944E. 

Ulises, 985B-992E. 

Vespasiano, 974A. 

Vaso, 857E, 984E-F. 

Zacinto, 985 B. 

Zeus, 864B, 918A, 9210, 924D, 
926C-D, 927B, 930A, 9320, 
93 8B, 940 A, 941A-942A, 
955F, 944B-D, 955D, 961D, 
966A, 985E, 986C, 989F, 
996E, 997A, 998A, APh 38; 
— Cario, 860E; — Eleute- 
rio, 873B. 



ÍNDICE GENERAL 


Págs. 

Sobre la malevolencia de Heródoto 7 

Cuestiones sobre la naturaleza 79 

Sobre la cara visible de la luna 119 

Sobre el principio del frío 199 

Sobre si ES MÁS útil el agua o el fuego 235 

Sobre la inteligencia de los animales 253 

«Los animales son racionales» o «Grilo» 337 

Sobre comer carne (I y II) 369 

ÍNDICE DE NOMBRES PROPIOS 401